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Juanita
Cruz Burgos
March 7, 1923 – March 26, 2026
El Señorial Memorial Park and Funeral Home
2:30 - 8:00 pm (Atlantic time)
El Señorial Memorial Park and Funeral Home
8:00 am - 12:45 pm (Atlantic time)
Buxeda Memorial Park
Barrio Cupey Bajo K-0 H-8 Antigua Via Cupey, San Juan, PR 00926
Starts at 1:30 pm (Atlantic time)
Juanita Cruz Burgos, de 103 años, residente de Hernando, Florida, falleció en paz el jueves 26 de marzo de 2026. Nació el 7 de marzo de 1923 en Luquillo, Puerto Rico. Le sobreviven dos de sus cuatro hijos, 13 nietos, innumerables bisnietos y demás familiares, quienes fueron su todo y el mayor orgullo y alegría de su vida.
Vivió una vida llena de fortaleza, determinación, fe, humor y amor, guiada por su profunda fe católica, su resiliencia y un espíritu vibrante e inquebrantable. Tenía la capacidad de iluminar cualquier lugar con su risa, calidez y su carácter enérgico. No solo fue la matriarca de su familia, sino también su fundamento y fuente inagotable de fortaleza.
La vida de Juanita tuvo unos comienzos muy humildes. Incluso de niña, se destacó por su espíritu libre y su fuerte voluntad, a menudo trepando árboles sin importarle las expectativas sobre cómo debían comportarse los jóvenes. Mantuvo esa misma audacia a lo largo de su vida. Le encantaba compartir historias de su juventud, recordando tiempos más sencillos donde con medio centavo se podía comprar pan con mantequilla y con el otro media libra de arroz para una comida.
Su vida no estuvo exenta de profundas dificultades. Siendo una joven madre, soportó desafíos inimaginables, incluyendo verso obligado a abandonar su hogar sin recursos, dejando a regañadientes a sus hijos temporalmente mientras buscaba estabilidad en Nueva York. Fiel a su palabra ya su fortaleza, regresó por sus hijos tan pronto como pudo, uno por uno, porque «¡Los pasajes eran muy caros!». Aunque este capítulo le dejó un dolor imborrable, dedicó el resto de su vida a su familia, cuidándolos, ayudándolos y amándolos lo mejor y más que pudo.
La compasión de Juanita no tenía límites. Cuidó con ternura a sus dos hijas enfermas hasta su fallecimiento, lo que le destrozó el corazón. Apoyó con amor a sus nietos en momentos de necesidad, abriendo las puertas de su casa a quienes buscaban estudiar, ayudando a otros en sus dificultades personales e incluso cuidando incansablemente a un nieto en estado crítico hasta su fallecimiento. Sus acciones reflejaban un amor desinteresado, abnegado, duradero e incondicional.
¡Además, era divertidísima! Decía que tenía a sus hijos uno tras otro porque “¡No había televisión!”, ¡y lo decía en serio! Incluso cuando se enfadaba, nos hacía reír, sobre todo cuando se enfurecía con alguien y decía “¡Ese saramambiche!” con cara seria. 😂 También tenía sus peculiaridades graciosas: llamaba “Tuti” a todos los perros, “Cuchi-cuchi” a todos los hombres cuyo nombre no recordaba de momento, y nos decía que nos imagináramos a cualquier chico que nos pareciera atractivo haciendo algo muy poco atractivo en el baño, para que lo pensáramos dos veces. ¡Así era Juanita, alias “Abuela”!
Juanita apreciaba muchas sus tradiciones, especialmente en Navidad, cuando preparaba con cariño pasteles y los compartía con su familia para mantener viva su herencia. Su cocina era un lugar de amor, impregnada del aroma del sofrito y la comida casera, y lo hacía todo mientras cantaba sus viejas canciones (completamente desafinada, pero con orgullo), insistiendo en hacer las cosas a su manera. Ni se te ocurre lavar los platos sucios cerca de ella, «¡Me quitan el trabajo!», se quejaba. 😄
Nos enseñamos lo que significa la resiliencia. Su presencia era una bendición y su vida un testimonio de perseverancia, fe y amor. Enfrentó la adversidad con valentía, sobrellevó sus cargas con gracia y eligió la alegría siempre que pudo. Era fuerte, cariñosa, divertida, terca, generosa y profundamente humana, cualidades que la hicieron inolvidable para todos los que la conocieron. Su fe inquebrantable era fundamental en su vida; rezaba todas las noches durante horas, buscando paz, fortaleza, guía y perdón, mientras le pedía a Dios que cuidara de toda su familia de la única manera que ella sabía: con amor y devoción.
Aunque la echaremos mucho de menos, su legado perdura a través de las generaciones que crió, las tradiciones que preservó y el amor que brindó con tanta generosidad. Nos reconforta saber que ahora descansa en paz, reunida con sus hijas Carmen e Irma, rodeada de amor y velando por nosotros con el mismo amor incondicional que la acompañó durante toda su vida.
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